
El rey y el impostor
Hubo
en otro tiempo, en la ciudad de Zumán en Persia, un rey llamado Yunán.
Poseía muchas riquezas y tenía influencias políticas
en todos los países, pero a pesar de esto, padecía una grave
enfermedad, la lepra, que le producía dolor en la piel, pequeños
bultos por todo el cuerpo además de otras muchas manifestaciones.
No había médico en todo Persia que encontrara remedio para esta
espantosa dolencia.
Cierto día llegó a la capital, donde residía el rey,
un médico de origen griego llamado Ruyán, el cual decía
tener grandes conocimientos en el ámbito de la medicina y que había
estudiado muchos libros sobre enfermedades de la piel.
Ruyán al enterarse de la enfermedad del rey acudió a la residencia
de éste para ofrecerle su servicio y convencerlo que lo curaría
sin medicamentos ni ungüentos.
El rey quedó un poco sorprendido al saber que no lo curaría
como cualquier otro médico, pero éste solo quería curarse
y le daba igual la forma del tratamiento.
A cambio de curarlo le exigió latifundios, parte de sus riquezas y
que le proporcionara hospedaje en su palacio.
El rey fue muy ingenuo y sin ninguna réplica le concedió por
adelantado todo lo que pidió, firmó documentos en el que constataba
que le ponía las tierras a su nombre.
Al día siguiente Ruyán se incorporó al palacio. Empezó
a contratar a visires y a construir mezquitas, hamman y todo ello con las
riquezas que le proporcionaba el rey, pero también consiguió
la amistad de éste poco a poco, se contaban todas sus aficiones, muchas
de ellas las compartían y la ejercían en sus tiempos libres
y se contaban muchos de los secretos que tenían desde su niñez;
estaba tan convencido de que el rey le daría todo lo que él
pidiese que hasta tuvo la desfachatez de pensar en pedirle a su esposa, pero
se dio cuenta de que era muy arriesgado.
Sin duda el rey empezó a apreciar mucho a este médico y no se
daba cuenta de que estaba pagando más de lo que costaba curarse.
Pasaron muchos meses y el médico no
aplicaba ningún tipo de tratamiento y lo peor era que el rey estaba
muy desmejorado, no tenía ganas de nada y ya no podía ni corresponder
a su deber como rey.
Toda la ciudad se estaba preguntando que qué estaba pasando con aquel
supuesto médico y solo la idea de pensar que el rey moriría
de esa enfermedad les aterrorizaba, pero a pesar de los rumores de que Ruyán
no era médico, él proseguía con sus planes de sonsacar
al rey y hacerle creer que lo estaba tratando cuando éste dormía
porque le hacía unos masajes muy dolorosos.
Así se llevó un año, con mentiras y sin ningún
tipo de contemplación hacia el rey.
Un día Ruyán se levantó de dormir la siesta y al salir
de su recámara se dirigió a asearse y al mirarse al espejo contempló
que su piel estaba irritada y que tenía algún que otro bulto.
Cada día notaba más que su piel ya no era la misma de antes,
ya que tenía un color no muy habitual y decidió no contarle
nada al rey para que éste no sospechase que era incapaz de curar ya
que él tenía los mismos síntomas.
Sin que el rey se diera cuenta salió de la ciudad a ver a algún
médico. Visitó a muchos, pero todos llegaban a una única
conclusión, la cual le sorprendía cada vez más ya que
padecía la lepra, pero no lo podían curar ya que no conocían
ningún medio.
Ruyán nada más pensaba en como se había podido contagiar
y no pensó que era por haberle exigido al rey hospedaje en su misma
residencia y estar todo el día en contacto con él, sin ningún
tipo de precaución.
Se dio cuenta que había jugado con la salud del rey de cual éste
era ajeno y decidió contarle todo lo ocurrido.
El rey al escuchar a Ruyán no daba crédito a sus palabras y
no sabía explicarse como aquel amigo tan querido le había podido
causar tanto daño. Ruyán le dijo que le perdonara y que lo dejara
quedarse a vivir con él, pero el rey no cambiaba su opinión
y no estaba dispuesto a perdonarlo, aunque éste seguía insistiendo
un día tras otro sin cansancio.
Llegó un momento en el que Ruyán se concienció de que
el rey no lo iba a ayudar y tuvo que buscar otros medios por la ciudad; se
la recorrió de un lado para otro, preguntó a todos si conocían
algún médico y que si le podía dar cobijo en sus casas,
pero les impactaba mucho aquel hombre con ese aspecto y salían huyendo
sin prestarle ningún tipo de ayuda.
Decidió poner anuncios en todos los lugares públicos, comenzó
a ir de un lado a otro y a mendigar por las calles.
Un día Ruyán se dio cuenta que era inútil seguir buscando
ya que nadie de aquel lugar estaba dispuesto a ayudarle y traicionar al rey,
por lo cual Ruyán tuvo que emigrar.
Rocío Pérez
Pizarra
Laura García Velázquez